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"Yo no sabia que era imposible… por
eso lo hice!"
Equilibrista sobre una cuerda caminando entre
las torres gemelas, Nueva York
Chen – sus ojos ocasionalmente sonreían
– pero en general su mirada era triste. Yo creo que ellos reflejaban la
experiencia de vida en la China. Cualquiera fuera su estado de ánimo, sus
ojos daban la impresión, a aquellos que no los conocían, de estar
permanentemente caídos como si viviesen cansados.
Cuando conocí a Chen, no eran diferentes, o
tal vez era su postura corporal la que provocaba esa impresión. Alto para
ser chino, aunque ligeramente curvado, sus brazos colgaban libremente en
cada costado y su torso se inclinaba para un lado. Fue bajo el sol brillante
y el aire claro, que percibí que su delgada osamenta arrojaba una sombra
sobre mí, mientras me encontraba recostado sobre un saliente rocoso en un
camino de alta montaña considerando la posición de nuestro vehículo.
Una de las ruedas traseras se había detenido
apenas fracciones antes de ir a para en una caída vertiginosa, mientras que
la otra dejando entrever la luz del día entre ella y el suelo, giraba
inútilmente en el aire. Las piedras que torpemente habíamos removido del
borde del precipicio, parecían tardar una eternidad antes de chocarse
contra el fondo del valle que yacía abajo, lo que contribuía aún más a
nuestro estado nauseabundo provocado por nuestro estado crítico.
No era difícil reconocer que nuestra
voluminosa camioneta era probablemente uno de los vehículos menos
apropiados para sortear el estrecho camino entre las rocas o el embarrado
sendero cavado en la ladera vertiginosa de la montaña – pero lo
estábamos logrando! Chen– el despreocupado – condujo la camioneta a
través de rutas y arroyos aparentemente sin estar conciente que las ruedas
posteriores apenas tenían "un pelo de donde agarrarse" antes de
perder el equilibrio. Él parecía no estar al tanto de los nudillos
apretados hasta volverse blancos de sus pasajeros que ansiosamente se
aferraban a cualquier cosa que diera la idea de firmeza, a la vez que
tenían sus ojos pegados a la ruta que se dibujaba delante de ellos.
A medida que nos mecíamos por enésima vez
entre las curvas cerradas, de pronto se asomó una roca estratificada en la
misma dirección que la ruta más directa al pie del valle, bloqueando así
el sendero. La lógica me decía que Chen no se atrevería a conducir la
camioneta por las rocas escarpadas, sin embargo, la serenidad de ese
pensamiento parecía no tener eco en el pensamiento de Chen, quien en
fracciones de segundos, nos tenia a medio camino con la ruedas
desesperadamente buscando tierra firme mientras nos deslizábamos
impetuosamente contra una inmensa caída.
De repente, el vehículo se detuvo
abruptamente dejándonos con el motor inmóvil, y en un ángulo en
dirección a la rocas. Nosotros, los pasajeros, tan pálidos como nuestros
nudillos que se asomaban en el borde de la puerta, nos deslizamos
abruptamente hacia fuera, y estudiamos cuidadosamente cuál seria nuestro
siguiente movimiento mientras observábamos cuál era la situación debajo
de la camioneta. Seguir hacia adelante, supuse, haciendo uso de los
preciosos centímetros que aun quedaban entre la rueda y el precipicio, y
luego retroceder en dirección a una piedra firmemente colocada por
nosotros.
Esto elevaría levemente una rueda, creando a
su vez el efecto opuesto en la otra que así volvería a tomar contacto con
el sendero. Podríamos entonces, colocar una segunda piedra si hubiese
algún espacio vacante, lo que funcionaria de rampa y nos permitía avanzar.
Entonces, si Chen se moviese cuidadosamente hacia el frente, con el empujón
colectivo de todos nosotros, podríamos recuperar el vehículo que habría
de llevarnos a casa! Asumiendo, claro esta, que en el algún lugar
tendríamos espacio suficiente como para girar la camioneta en dirección
opuesta…
Chen parecía no inmutarse ante el dilema. En
su filosofía, la vida consistía en desastre y un final casi desastroso era
normal – estaba a un millón de kilómetros y alejado de las expectativas
de comodidad propias un estilo de vida confortable occidental. Con el
vehículo virado y estacionado en el pico de un saliente rocoso, a punto de
resbalarse, Chen nos anunció que debíamos caminar. " Aproximadamente
una hora hasta llegar al pueblo", nos dijo.
Pasó una hora, y sin embargo nos parecía
como si no hubiésemos hecho ningún progreso aun, y el pueblo tampoco se
asomaba frente al camino. Esto habría de ocurrir por lo menos dos veces
más antes de recibir una señal viable de que trazos de civilización
estaban a la puerta cuando aparecieron en el horizonte los primeros animales
y algunos campesinos.
Estábamos en camino a la amada casa de Chen,
una tribu minoritaria que había olvidado registrarse por lo que no
conformaba parte de las estadísticas de la población en el censo de la
China. Pobres, tanto que es imposible de describir, pero gente con un
corazón de oro y muy hospitalarios. Sin correo, sin teléfono, y
prácticamente aislados sin salida o entrada vivían Chen y su gente, allí
él pasaba la mayor parte del año.
Vimos su escuela, sus proyectos de
alimentación, de ropa y de agua y escuchamos sus relatos acerca del trabajo
de traducción de la Biblia que él mismo estaba financiando. La gente
sentía profundo respeto por Chen, él era sin duda un hombre singular, una
persona especial. En las inolvidables semanas de viaje por la China comencé
a comprender a Chen y mi aprecio hacia él empezó a aumentar cada día. El
abuelo de Chen, que tenía una especialidad en Chino clásico, había
ocupado un lugar prominente, mientras que su padre había servido en el
gobierno lo que lo en su momento lo convirtió en un blanco fácil del
Ejército Rojo.
Un día se llevaron a sus padres y los
mataron, retomaron su casa y confiscaron todos sus bienes. Los parientes
cercanos entonces se rehusaron a hacerse cargo del pequeño de nueve años
que quedo huérfano por temor a las posibles represalias que podrían
haberles costado la vida. Un cristiano de origen chino-asiático, que vivía
en un lugar distante, se sintió movido a proveerle amistad al niño. Este
hombre se dedicaba a recorrer los pueblos reparando ollas y cacerolas, o
baldes por un precio muy módico.
Sin tener donde ir, Chen se unió a él en
sus viajes, aprendió de sus habilidades y paulatinamente fue abrazando su
fe. Por tres años Chen vivió sólo en una cueva, partiendo cada mañana
temprano rumbo a los pueblos, a fin de trabajar como jornalero. A veces le
tocaba esperar al pie de la montana, desde donde comenzaba a empujar cuesta
arriba un pesado carro a cambio de un mínimo estipendio o de comida.
Una buena mujer, que también había sido
expulsada de su pueblo, convirtió la cueva próxima a la de Chen en su
morada. En cierta ocasión, ella notó que Chen no había salido por varios
días, por lo que cuando salió a su encuentro, lo encontró al borde de la
muerte. Su cuidado atento y el poco alimento o las hierbas que le proveyó
lo mantuvieron vivo. Poco después, Chen fue empleado de manera estable en
una mina de carbón. El trabajo era extenuante, aplastante, como si se
tratase de minar a la manera que se minaba en Gales (Inglaterra) hace
doscientos años. Un trabajo extremadamente arduo, interminables horas bajo
la amenaza constante de gas, inundación o derrumbes.
El residuo penetrante, el peligroso polvillo
del carbón, un jefe tiránico unido a un miserable sueldo fue lo que le
tocó en suerte a Chen. Dos veces Chen fue puesto en prisión a causa de su
fe. Allí sufrió los abusos tanto del personal carcelario como de los otros
reclusos. Más de cincuenta prisioneros se amontonaban en una pequeña celda
originariamente diseñada para que sólo dos pudieran recostarse al mismo
tiempo. Chen nunca me contó cómo es que pudo huir eventualmente de la
China para convertirse en un refugiado en otro país. Tal vez había otras
personas envueltas que preferirían quedar en el anonimato.
Una vez allí, comenzó a asistir a un
colegio en donde aprendió inglés y encontró un buen empleo. Fue entonces
cuando siguiendo los dictados de su corazón por encima de su cabeza, un
día regreso a la China como misionero solitario. Por un tiempo, caminé por
las ciudades y parajes campestres junto a uno de los hombres más
extraordinarios que alguna vez haya conocido. Su soledad le era dolorosa,
sin embargo Chen no es una persona que trabaje cómodamente en grupo. Sus
infructuosos intentos de encajar en la situación lo hicieron parecer
impredecible aun cuando este no sea un rasgo propio de su carácter.
Su conocimiento detallado de la China, de sus
ciudades y calles parece inexhaustible y sin embargo aun parece pobre cuando
es comparado a su vasto entendimiento de la historia de las misiones y los
misioneros que pasaron por la China. (Conoce hasta las tumbas de los tíos y
tías de ellos o quiénes son los parientes que les sobrevivieron.) Chen no
posee nada, su mochila era suficiente para contener las poca ropa que tenia,
sin embargo su generosidad pronto se convirtió en dolorosa al desenmascarar
la venas del egoísmo inherente en cada uno de nosotros.
Su rostro reflejaba un aire de inocencia
infantil, pero cada uno de nosotros sabíamos que era sólo el destello de
luz de la superficie de un pozo profundo que nadie había jamás
comprendido. En cierta ocasión hice mención de ciertas figuras públicas
rimbombantes, que siguiendo la jeringuilla de lo que políticamente es
apropiado decir, se las conocen en la China como VIP (personas muy
importantes o Very Important Person). Aun cuando su expresión pareció
inmutable, sus ojos lo traicionaron poniendo al descubierto un secreto
oscuro que acababa de escaparse a pesar del intento deliberado de la memoria
de ponerlo al olvido. Tras una pausa susurró, ¿personas VIP? ¿Conoces el
significado de esas siglas? Y haciendo un juego de palabras en inglés
prosiguió, ¿Sabes que significan "Patatas Muy Importantes? (Very
Important Potatoes).
Si, eso, creo que significan Patatas Muy
Importantes.
En esas cortas semanas, a medida que empecé
a conocer más a este extraordinario hombre, mi conocimiento de Jesús
también creció; empecé a verlo desde una nueva perspectiva. Fui ahí
cuando cruzó por mi mente la idea de que cuando la presencia del Señor
esta muy próxima, tal vez él se oculta bajo la forma de un misionero chino
llamado Chen. El día que la tierra lloró. Uno de los objetivos de mi viaje
era el de acompañar a un colega, que radicado en la China, se había
dedicado muchos a años proseguir su visión de redescubrir (entre los
países que fueran atravesados alguna vez por la Ruta de la Seda) una ruta
con sentido al occidente. Ahora, con una visión más clara de la historia,
del lenguaje y del flujo general de la cultura, él sentía que era ya
tiempo de escribir la historia de los primeros intentos de los chinos de
llevar el evangelio partiendo de la China y retrocediendo hasta Jerusalén.
Este valiente intento fue aniquilado en la
frontera una vez que los comunistas subieron al poder. En su estilo usual,
Chen, decidió repentinamente viajar a Beijing y acordó reunirse con
nosotros en una pequeña ciudad, (pequeña para los estándares locales),
ciudad que había sido parte de la ruta de las Seda en una provincia del
noreste. Mi equipo había acordado dividirse en la zona central de la China,
desde donde cada uno habría de abrirse paso hasta llegar a esta ciudad
fronteriza, tomando diferentes rutas a través de algunas zonas poco
frecuentadas de la región del Tibet. Dada la falta de información
confiable, de permisos, y la falta de transportes predecibles nos era
imposible estimar el tiempo de nuestra llegada.
Ocurrió entonces que horrendos
deslizamientos de tierra retrasaron la llegada de mi colega asiático, que
venía viajando por tierra desde Lasha; mientras que otro equipo que
exploraba una elevación montañosa que se erguía por encima de un pueblo
tibetano, fue a dar con un "entierro al aire libre". Este
fenómeno, casi desconocido para los extranjeros, es muy común en Tibet; se
trata de una manera de disponer los restos de los muertos muy particular.
Una vez que el cuerpo es desmembrado se lo expone al descubierto sobre las
rocas, quedando así a disposición de las aves de rapiña que devoran la
carne que escapa a la aguzada vista de los perros que muchas veces se dan
cita antes que ellas.
Con su inimitable estilo, Chen apareció a
tiempo y pronto encontró la forma de conducirnos a la pequeña casa de uno
de las principales asociadas con la olvidada banda misionera china. Ella era
una anciana de más de ochenta años, muy articulada en su manera de hablar
y con gran claridad de pensamiento que había sido misionera en su propio
país. A pesar de haber sido cruelmente arrancada de sus hijos adoptados y
encarcelada por veinte años a causa de su fe, en sus ojos no había
señales de resentimiento. Ella nos explicaba, de manera lógica, que de no
haber estado en prisión hubiera sido entonces presa fácil del Ejército
Rojo, pero ellos no mataban a aquellos que ya habían aprisionado.
Durante ese tiempo, en algún lugar en el
recogimiento de mi ser, un inconfundible llamado me movió a querer rescatar
cada minuto de las actividades diarias de manera de poder retraerme para
escuchar con el oído del alma. Este recogimiento al santuario interior, no
fue un retraimiento gozoso, sino penoso y de llanto desconsolado que
parecía elevarse de las profundidades de un ser que raramente antes había
visitado. La ciudad, un importante punto de desembarque en la Ruta de la
Seda, había crecido de forma estirada y alargada, como queriendo abrazar
ambas orillas del Río Amarillo.
Acordamos practicar oración caminante en los
paseos, usando los puntos de cruce antiguos de manera que pudiésemos trazar
una ruta circular. Cuando me encontré solo, me recosté contra un parapeto
y observe el agua embarrada que se arremolinaba y abría paso camino a la
vasta geografía de la China. Con mi interior quebrado por las lágrimas,
pero al control de mis emociones externas, tomé conciencia de que acababa
de arribar a un punto de desembarco crítico en mi travesía personal. 'Oh
Dios, qué es lo que deseas que sepa?' fue la oración que naturalmente
brotó de mi corazón. Cuando finalmente alcance el punto que me era
necesario para poder recibir a Dios, entonces en un momento comprendí algo
que nunca antes había entendido…
La mismísima tierra de esta provincia estaba
llorando por los trabajadores cristianos quienes habrían de reclamarla un
día como su herencia. Lloré intensamente. A menudo he notado la afinidad
que existe entre el hombre y la tierra, tal vez sea porque hemos sido
formados del polvo y al polvo volveremos. En el mejor de los casos, sólo
somos "tierra prestada" en renta por 70 años.
Ciertamente un tema central en el Antiguo
Testamento es de la tierra y su gente que son la herencia de fe. Yaciente
entre las montanas del Tibet y las estepas de Mongolia, este corredor de
tierra, constituía la antigua ruta que iba desde las provincias centrales
de la China occidental, a través de Asia Central y el Medio Oriente hasta
Europa. Miles de años de caravanas conducidas por camellos, surcaron entre
el polvo una vía que facilitó el intercambio de seda y especias de la
China con otros centros de civilización occidental. Por siglos, ejércitos
invasores y de defensa han teñido de rojo su suelo.
En los primeros siglos por esta ruta, los
cristianos Nestorianos alcanzaron la antigua capital de la China, la ciudad
de Chang'an, de la misma manera que lo hicieran otras religiones mundiales.
LXi'an hasta Arabia y aun más allá, son acunados en este valle. Entonces
también yo, en algún momento cerca del fin de mi estadía, en una cita con
el destino sentí que debía trabajar y orar con el propósito de abrir una
base misionera en la base de este valle a fin de reunir y preparar chinos y
otros extranjeros que deseen alcanzar a los tibetanos y mongoles; además de
prepararse para los siguientes niveles en dirección al occidente a lo largo
de la antigua Ruta de la Seda, en dirección al Medio Oriente, y a Israel y
a... Debo regresar a esta provincia.
Tal vez así encuentre un momento en medio de
la quietud que me permita compartir mi secreto y ascender en el valle al
lugar donde el cielo privado del mismo se reúne con las inmensas montañas
de la frontera, desde donde vocifera al rió Amarillo y le grita a la
tierra... 'Persevera, que hay refuerzos de camino prontos a llegar.' Tengo
colegas de un nuevo movimiento misionero asiático, quienes se preparan para
venir. Pronto,la celebración habrá de reemplazar las lagrimas, tal y como
lo prometiese Isaías. "Tu tierra será desposada cual joven que
desposa una virgen."
Cuando lleguen, la visión de crear una base
misionera habrá de materializarse de la misma manera que lo hace la
sustancia de la fe cuando se convierte en una realidad visual.! Por favor,
únase a nosotros en oración con el pedido de que cientos de trabajadores
se adhieran a este proyecto. Esa es nuestra misión, promover que las
Naciones contribuyan al desarrollo de nuevos movimientos misioneros entre
otras naciones en vías de desarrollo, y apoyarlas para que tomen su lugar
en el frente de batalla de la evangelización mundial.
Me gustaría saber de ti, aquí abajo de todo
le doy el correo electrónico de mi ayudante.
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