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La mayoría de los sistemas religiosos
enfatizan la necesidad de un buen comportamiento ético-moral, lleno de leyes
y prescripciones para obtener el beneficio de la divinidad a que se adora.
Tristemente, también en el cristianismo (en todas sus variantes y
denominaciones) ha sido invadido por este virus. Es una enfermedad crónica
del ser humano pretender obtener el favor de Dios mediante sacrificios
personales, una auto-disciplina monacal o un esfuerzo mental por alcanzar las
reglas de conducta que se supone a los creyentes.
He visto en muchas ocasiones la
impotencia de aquellos que pretenden agradar a Dios y fallan una y otra vez
con la consiguiente frustración. Lo he visto y oído en Retiros juveniles, en
testimonios públicos en las congregaciones, etc. Ante este espectáculo
doloroso me he preguntado sinceramente si ese es el camino trazado por el
evangelio de Jesús. ¿Por qué llegamos a ese punto de aparente impotencia
cuando somos realmente sinceros en nuestro deseo de hacer la voluntad de
Dios?. ¿Por qué parecemos almas en pena tratando de hacer lo que parece ser
una utopía?. ¿Cómo es posible que demos la impresión que al final todo el
mensaje y la experiencia cristiana se reduce a un esfuerzo de la voluntad para
salir adelante?.
Me pregunto, ¿Es ese realmente el
mensaje liberador que leemos en las Escrituras, escuchamos en los templos y
proclamamos en las plazas?. Sinceramente, creo que no. Tengo la impresión de
que hemos cargado la sencillez del evangelio con una ingente cantidad de
apelaciones al esfuerzo humano, que solo producen impotencia y apatía en la
mayoría de los que se consideran débiles de carácter.
Lo que veo en las Escrituras es una
simplificación (no-simpleza) reducida a un Nombre. Invocar un Nombre: Jesús.
Y a partir de esa invocación genuina de fe, guiada por el Espíritu Santo veo
el comienzo poderoso de la semilla del Reino operando en el corazón interno
del ser humano; el Reino mas poderoso que existe y jamás existirá (Dn.2:44).
El cristianismo es una confesión, una
proclamación de fe. "Que si confesares con tu boca que Jesús es el
Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás
salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se
confiesa para salvación".
El apóstol Pablo recibió este mensaje
del discípulo Ananias: "Ahora, pues, ¿por qué te detienes?. Levántate
y bautízate y lava tus pecados, invocando su nombre".
El autor de la carta a los Hebreos hace
este énfasis cuando expone la verdad sobre nuestra profesión o confesión:
"Retengamos nuestra confesión". Y dice también: "Mantengamos
firmes, sin fluctuar, la confesión de nuestra esperanza, porque fiel es el
que prometió".
Y así podríamos ir viendo pasaje tras
pasaje donde aparece esta verdad central de la fe cristiana. Ahora bien, esto
que en apariencia es tan simple encierra un misterio que solo puede penetrarse
cuando se sincronizan nuestro corazón y nuestra boca. Cuando el Espíritu
Santo nos permita acceder –mediante el arrepentimiento y la búsqueda
sincera de Dios- a un instante sobrenatural donde conectamos con la realidad
del Reino de Dios; el acceso al Trono de la gracia para recibir el perdón de
nuestros pecados y el milagro de una nueva vida inaugurada por Cristo en la
resurrección.
Recuerdo de forma clara la diferencia
que constituyó en mi vida espiritual la experiencia personal con la
proclamación del Nombre de Jesús. Fue a los pocos días de asistir a mi
primera congregación. Hasta este momento yo solo podía hablar con otras
personas de Dios en sentido general y abstracto, aunque en mi interior era
todo muy real. Pero este día, en un culto de oración, fui llevado a una
especie de éxtasis durante el tiempo que duró la reunión. Estaba de
rodillas y todo mi cuerpo fue llevado a una sensación de pérdida de la
gravedad, donde podía palpar el ámbito espiritual de mi ser.
En esa situación solo pude hacer esta
oración: "Gracias, Jesús". Así estuve mas de una hora. Y la
primera cosa práctica que pude experimentar después de salir de aquel culto,
fue que sentía una liberación completa para hablar a todo el mundo del
Nombre de Jesús. Ya no como un dios generalizado para todo tipo de creyentes,
sino como la Persona que media entre Dios y los hombres. A partir de este
momento mi vida cristiana se desarrolló muy rápido. Crecí a gran velocidad
y sobre todo tuve un deseo ferviente de predicar enseguida el Nombre de Jesús
y el evangelio. Esta invocación, proclamación o confesión resultó ser el
punto clave de la historia de mi vida; así como de los cambios radicales que
se avecinaban sobre mis circunstancias.
A partir de ese momento supe que
avergonzarme del Nombre era negar mi fe y mi confesión, significaba volver
atrás y ser derrotado tristemente por el temor. Me aferré al Nombre de
Jesús y mucho más adelante comprendí las palabras del apóstol Juan:
"Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la
victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al
mundo, sino el cree que Jesús es el Hijo de Dios?".
Esta fe en Jesús y esta confesión en
Su Nombre fue lo que llevó a miles de los cristianos primitivos al martirio,
al oponerse a confesar que Cesar era el señor. Su confesión fue: Cristo es
el Señor.
Esta misma confesión nos salva hoy y
nos capacita para vivir una vida cristiana victoriosa, en medio de las
aflicciones que debemos afrontar.
Vuestro en Cristo
VIRGILIO
ZABALLOS
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