|
Cada vez mas la vida nos
sorprende menos. Estamos acostumbrados a oír sobre desastres, inmoralidades,
injusticias y contradicciones insoportables en todas las esferas de la
sociedad actual. Parece como si ya nada tuviera la sustancia necesaria para
sacarnos de la apatía e indiferencia que desarrollamos ante las noticias que
vamos engullendo día tras día. También nos adaptamos pasivamente a la
manifestación de actitudes inconcebibles para la vida cristiana. Soportamos,
con un conformismo pecaminoso, comportamientos que nada tienen que ver con la
vida sencilla y sincera de los que han abrazado el evangelio de la gracia de
Dios.
Las Escrituras nos muestran con
toda claridad muchas de las enfermedades que debemos combatir en el Cuerpo de
Cristo. Jesús fue un combatiente incansable y eficaz, además de poner sobre
aviso a los suyos de uno de esos virus malignos. Me estoy refiriendo a la
hipocresía. "Guardaos de la
levadura de los fariseos, que es la hipocresía".
Sin embargo, a lo largo de la
Historia hemos podido constatar, tristemente, que ese comportamiento ha estado
muy presente en círculos denominados: iglesia, cristianismo o creyentes. Es
más fácil, aparentemente, mantener una
actitud escondida de hipocresía, que camuflar otros pecados más llamativos y
evidentes como el adulterio y la fornicación. A la larga, los pecados de cada
uno se hacen evidentes porque la luz lo manifiesta todo, pero mientras tanto, nos
parece que podemos vivir sin sentirnos amenazados. ¡Que engaño!.
Con el tiempo solemos
desarrollar todo tipo de máscaras para esconder la realidad penosa de nuestra
vida espiritual. Es fácil, relativamente, perderse en medio de la multitud;
detrás de actividades religiosas muy saludables por cierto, como pueden ser
la alabanza, el entusiasmo, etc. Que fácil resulta mantener una
apariencia de piedad: cantar, bailar, chillar, orar bien fuerte,
aplaudir, o mostrar expresiones de regocijo exterior. Incluso detrás de una
predicación muy llamativa pueden existir elementos evidentes de populismo,
demagogia, protagonismo y narcisismo. Podemos llegar al colmo de la
desfachatez y el auto-engaño denunciando comportamientos de indudable
impiedad y a la misma vez estar practicando los mismos vicios. La cabeza nos
da vueltas en estos casos. Todo nos parece envuelto en un paquete de
confusión y mezcla donde no podemos distinguir las cosas reales de
las
apariencias.
Precisamente el Maestro nos
insta a combatir ese fenómeno cuando dice: "No
juzguéis según las apariencias..." (Juan. 7:24).
Vuestro en Cristo
VIRGILIO
ZABALLOS
El punto de vista sobre este tema tiene su base en los
principios del Reino de Dios, sobre el
fundamento de las Sagradas Escrituras, tal y como lo entiende el
autor, haciéndose responsable único de aquellos aspectos en los
cuales haya otras interpretaciones; y va dirigido en primer lugar a
todos aquellos creyentes, nacidos de nuevo, y que forman parte del
Cuerpo de Cristo.
Haga un clic aquí para escribir
al autor:
Pastor
Virgilio Zaballos
Volver
a la pagina del Pastor
Volver
al Diario Misionero
|